LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - REINA Y SEÑORA DE TODO LO CREADO

María es una presencia viva, cercana y maternal que continúa tocando corazones en distintos lugares y tiempos.

Fue el arcángel Arcángel Gabriel quien le anunció que traería al mundo al Maestro Jesús de Nazaret. Y ella, con humildad profunda, aceptó una misión que cambiaría la historia de la humanidad. Su compañero de vida fue San José, hombre justo y protector, descendiente de la estirpe de David.

Pero María no quedó solo en ese momento histórico.

A lo largo de los siglos, millones de personas han testimoniado sus manifestaciones. En Portugal, Fátima, tres niños afirmaron verla y recibir mensajes que marcaron generaciones. En México, la aparición de Virgen de Guadalupe dejó la imagen impresa en la tilma de Juan Diego, un signo que ha resistido el paso del tiempo de forma inexplicable.

En Venezuela, en la finca Betania, cientos de personas siguen siendo testigos de sus aun numerosas apariciones, muchas relatando olor a rosas y experiencias de sanación. Y en distintas advocaciones, como la Virgen del Perpetuo Socorro en Turmero (Estado Aragua - Venezuela), donde la imagen hoy día continua emanando un aceite milagroso, y fieles aseguran haber recibido signos y gracias especiales al ungirse con ello.

Para muchos, María no es solo memoria: es consuelo, es intercesión, es presencia que acompaña. Su energía se asocia con ternura, protección y una fuerza silenciosa que sostiene en medio de la tormenta.

Más allá de las distintas interpretaciones teológicas o esotéricas, lo que permanece es su esencia maternal. Quien se acerca a Ella con fe suele sentir paz. Y quien la invoca, rara vez se siente solo.

EL MAESTRO JESÚS

Para muchos, Jesús no fue solamente un maestro histórico. Fue una conciencia preparada desde planos superiores para una misión extraordinaria.

El ser que encarnó como Jesús era, en los niveles internos, un ángel de nombre Micah, perteneciente a la primera Esfera Divina, asociada al Rayo Azul de la Fe, Fuerza, Poder y Protección de Dios. Fue preparado durante largos ciclos para asumir la responsabilidad de encarnar bajo la radiación de la Sexta Esfera de Dios (rayo oro-rubí , custodiado por el Arcángel Uriel) bajo el nombre de Jesús, para demostrar que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, con la capacidad de sanar, transformar y trascender la muerte.

Jesús no vino solo a hacer milagros. Vino a revelar lo que somos capaces de hacer cuando despertamos nuestra naturaleza divina. Por eso dijo: “Lo que yo hago, vosotros también lo haréis, y aún mayores cosas”.

Su proceso de resurrección, no fue un acto automático, sino una obra consciente realizada en colaboración con fuerzas superiores del Cuarto Rayo de Dios (blanco) con la cualidad de la energía de la resurrección y la vida. Durante los tres días posteriores a la crucifixión, habría trabajado en planos internos para reactivar y glorificar su propio cuerpo, mostrando que la vida no termina con la muerte física.

Y luego vino la Ascensión.

Lo que en muchos maestros o llamados santos lo experimentan en silencio y en intimidad —la unión definitiva con lo divino— él lo realizó públicamente, frente a sus discípulos. Un acto profundamente sagrado y personal convertido en testimonio visible para dejar constancia de que la evolución espiritual es real.

Jesús sigue siendo para millones el Maestro de Maestros: el ejemplo de amor llevado hasta el sacrificio, de fe inquebrantable y de victoria sobre el miedo.